- Se cumple un nuevo aniversario de las devastadoras inundaciones que arrasaron con vidas, hogares e infraestructura en las Sierras Chicas cordobesas. Los vecinos y organizaciones de la región recuerdan la catástrofe con una certeza que no cambia con el tiempo: «No fue la lluvia, fue el desmonte». Además, el reclamo por políticas ambientales concretas sigue vigente once años después.
Once años después, la memoria sigue viva y la bronca también. Este martes se cumple un nuevo aniversario de las trágicas inundaciones que el 15 de febrero de 2015 arrasaron con las Sierras Chicas cordobesas. Dejaron un tendal de pérdidas humanas, viviendas destruidas e infraestructura devastada en localidades como Salsipuedes, La Granja, Villa Allende y Unquillo. En aquel momento, lo que esa noche parecía una catástrofe natural se mostró diferente. Con el tiempo, quedó expuesto como el resultado de décadas de desmonte, urbanización irresponsable y ausencia de políticas ambientales serias.
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«No fue la lluvia, fue el desmonte»: once años después, las Sierras Chicas siguen de pie y siguen exigiendo
La frase que unificó a los vecinos y organizaciones que se movilizaron en las horas posteriores a la tragedia sigue siendo el eje del reclamo once años después: «No fue la lluvia, fue el desmonte». Los bosques nativos que durante siglos funcionaron como esponjas naturales, absorbiendo el agua de las lluvias y regulando los cursos hídricos, habían sido arrasados progresivamente por el avance inmobiliario y la agricultura. Por ello, sin esa barrera natural, el agua no tuvo dónde ir. Así, bajó con una furia incontrolable por las laderas serranas. De este modo, ríos y arroyos se convirtieron en torrenteras devastadoras.



Lo que la tragedia también dejó como legado inesperado fue el despertar de una comunidad que aprendió a organizarse. Vecinos autoconvocados, asambleas barriales, organizaciones ambientales y activistas de distintas localidades de las Sierras Chicas construyeron en estos once años una red de cuidado colectivo del territorio. Esta red se mantiene activa hasta hoy. Ese tejido social, forjado en el dolor de la pérdida, se convirtió en la principal herramienta de resistencia frente a nuevos intentos de avance sobre el monte nativo y la falta de respuesta estatal.
Sin embargo, los reclamos centrales siguen sin resolverse de manera integral. Las organizaciones que hoy recuerdan la efeméride advierten que el desmonte continúa. También señalan que los controles son insuficientes y que las políticas ambientales prometidas tras la tragedia nunca llegaron con la profundidad necesaria. Por otro lado, la ley de Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos, aunque existe, enfrenta permanentes intentos de modificación que debilitan su alcance. «Seguimos exigiendo políticas ambientales reales», es la consigna que vuelve a resonar este aniversario con tanta fuerza como el primer día.

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Once años después, las Sierras Chicas no solo recuerdan a sus muertos y a quienes lo perdieron todo aquella noche. También reafirman una identidad colectiva construida sobre la convicción de que el territorio no es solo el lugar donde se vive, sino algo de lo que se es parte. En efecto, ese sentido de pertenencia y responsabilidad compartida es, quizás, el legado más profundo de una tragedia. Esta tragedia pudo haber destruido a una comunidad y en cambio la despertó.




