Carne de burro en debate: una nutricionista explicó por qué el problema no es nutricional sino sanitario

- Con la carne vacuna cada vez más cara, crece la polémica sobre la posibilidad de faenar y comercializar carne de burro en Argentina. El problema de comer carne de burro genera debates tanto en la sociedad como en el ámbito regulatorio. La nutricionista Lourdes Monaldi advirtió que el alimento no presenta riesgos desde lo nutricional. Sin embargo, señaló que el verdadero desafío está en la trazabilidad, el control sanitario y la habilitación de la faena. La crisis económica reabre un debate cultural y regulatorio que el país todavía no está preparado para dar. Además, el problema de comer carne de burro implica una responsabilidad en cuanto a controles de calidad.
El aumento sostenido en el precio de la carne vacuna instaló en Argentina una discusión poco habitual: la posibilidad de incorporar la carne de burro como alternativa proteica. La nutricionista Lourdes Monaldi analizó la propuesta desde una perspectiva técnica. Además, fue contundente al separar los planos del debate. Según la especialista, las propiedades del alimento no son el problema. La carne de burro posee proteínas de alto valor biológico, es magra y aporta una buena cantidad de hierro. Estas características la ubican como una opción nutricionalmente válida. Por lo tanto, respecto a carne de burro, el problema de comerla se encuentra más allá del aspecto nutricional.
El punto crítico, según Monaldi, no pasa por el valor nutricional sino por los mecanismos de control. «El problema realmente acá es si se lo está vendiendo por una carne que no es, o sea un fraude alimentario, problemas en la trazabilidad y demás, o en el origen del animal en sí», advirtió la profesional. En ese sentido, subrayó que cualquier iniciativa de este tipo debe contar con intervención del SENASA y frigoríficos debidamente habilitados. Así, se traza una línea clara entre una experiencia regulada y la faena clandestina, que representa un riesgo sanitario real para los consumidores. De hecho, comer carne de burro implica abordar el problema desde la regulación y la transparencia.
Un debate cultural que Argentina todavía no está listo para dar
Más allá de los aspectos técnicos, Monaldi identificó en la costumbre el principal obstáculo para que esta alternativa sea aceptada socialmente. «Estamos limitados en cuanto a costumbres argentinas», señaló, y trazó una comparación con países europeos como Francia, donde el consumo de carne equina —de características similares— forma parte de la dieta habitual sin generar controversia. Por tanto, el problema que representa comer carne de burro incluye también un fuerte elemento cultural. Es un elemento difícil de sortear.
En un contexto donde muchas familias argentinas ya han reducido su consumo de proteínas animales por razones económicas, la nutricionista aprovechó para destacar la importancia de la educación alimentaria. «Es verdad que hoy en día falta un poco de educación nutricional; la gente podría optar por otros alimentos más económicos, como por ejemplo las legumbres o los huevos, que también nos aportan buena cantidad de proteína», sostuvo Monaldi, quien consideró que ampliar el conocimiento sobre alternativas accesibles es una herramienta concreta frente a la crisis. Por último, no se puede dejar de lado el problema social acerca de comer carne de burro en nuestro país.
La profesional concluyó que, independientemente de la viabilidad nutricional de la propuesta, cualquier avance en este mercado exige un marco sanitario sólido y un debate social profundo sobre qué alimentos la sociedad argentina está dispuesta a incorporar a su mesa. La discusión, que mezcla economía, cultura y salud pública, refleja las tensiones de un país que busca respuestas prácticas ante una crisis que golpea directamente el acceso a la alimentación. Finalmente, abordar el problema vinculado a comer carne de burro es relevante para comprender la relación entre control sanitario y aceptación cultural.




