- A 50 años del golpe de Estado más sangriento de la historia argentina, el testimonio de Astrid Patiño Carabelli sacude la conciencia colectiva: secuestrada con su madre a los dos años, apropiada por otra familia y encontrada por Abuelas de Plaza de Mayo en 1984, su historia condensa el horror de los 30.000 desaparecidos y la resistencia de quienes nunca dejaron de buscar.
El 24 de marzo de 1976, una junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla interrumpió el orden constitucional e instaló en la Argentina uno de los regímenes más crueles de la historia latinoamericana. Durante siete años, la dictadura cívico-militar implementó un plan sistemático de terrorismo de Estado que derivó en la desaparición forzada de aproximadamente 30.000 personas: militantes políticos, sindicalistas, estudiantes, artistas, científicos y trabajadores que fueron secuestrados, torturados y asesinados en centros clandestinos de detención. Sus cuerpos, en la mayoría de los casos, jamás fueron entregados a sus familias. Sus hijos, en muchos casos, fueron apropiados ilegalmente y criados bajo identidades falsas. Hoy, a medio siglo de aquel golpe, sus familiares aún los buscan.
Astrid Patiño Carabelli tiene una de esas historias. Es la primera nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo en la provincia de Córdoba.
El 3 de abril del 76
Astrid Patiño Carabelli tenía apenas dos años cuando fue secuestrada junto a su madre, Gabriela —física, docente del IMAF, doctora formada en Suecia, militante del PRT—, en la ciudad de Córdoba. Según la documentación a la que Astrid pudo acceder décadas después a través de la justicia, ya un año antes, en 1975, ambas habían estado detenidas un fin de semana en el D2. La segunda vez no hubo retorno.
Su padre, Omar Patiño, escultor egresado de la Escuela Figueroa Alcorta y empleado municipal, no estaba con ellas cuando ocurrió el secuestro. Lo que hizo a partir de ese momento quedó registrado en su legajo laboral: el 5 de abril comenzó a retirarse antes del trabajo, a faltar esporádicamente. Durante 1977, durante cuatro días consecutivos no se presentó —algo que nunca había hecho en sus 13 años de servicio. Hay un registro escrito de una administrativa que menciona «lesiones«. Después, Omar se exilió en Buenos Aires, en el barrio de Parque Lezama. Lo estaban buscando. Lo encontraron.
Pasó casi dos años rastreando a su hija. No le importó perder su trabajo, alejarse de sus padres, arriesgar su propia vida. No la encontró. Fue secuestrado y desaparecido.


«Sos adoptada»
Astrid Patiño Carabelli creció con otra familia en el barrio Alto San Vicente, en circunstancias que ella misma describe como «no muy claras»: la familia que la tenía creía, o quería creer, que era pariente de un desaparecido propio. Nadie le dijo nada.
En 1984, mientras las Abuelas de Plaza de Mayo realizaban sus rondas en la Plaza San Martín de Córdoba —bajo la presidencia de Otile Lascano en esa sede—, una persona se acercó por detrás a la tía de Astrid y le dijo: «Yo sé dónde está esa nena.» Sólo le dio el dato: «Está en Alto San Vicente.»
Lo que vino después fue inédito. Astrid Patiño Carabelli fue la primera nieta recuperada en Córdoba. No había protocolo, no había antecedentes locales. Fiscales, abogados y representantes de Abuelas se presentaron en la vivienda. Mientras los adultos negociaban en el living, a la niña la llevaron a una habitación. Tenía 11 años. Una amiga de su mamá adoptiva le dijo, sin mayores rodeos: «Sos adoptada.»
—¿Y dónde están mi papá y mi mamá? —preguntó Astrid.
—Están muertos —fue la respuesta.
Así. Sin más.
El silencio como condena
Lo que siguió fue, según sus propias palabras, «todo muy, muy terrible, muy traumático». Tratamiento psicológico, proceso legal, enfermedades. Y luego, una resolución judicial que hoy resulta inconcebible: el juez interviniente determinó que, dado el impacto que le había generado conocer la verdad, era mejor que Astrid no tuviera contacto con su familia biológica, que permaneciera con la familia adoptiva y que «aquí no pasó nada».
La niña que había sido víctima del terrorismo de Estado recibió del Estado democrático una segunda orden de silencio.
«De esto no se habla»
Astrid atravesó toda su adolescencia y primera juventud con una prohibición tácita de preguntar. En su casa adoptiva, cada vez que intentaba saber algo, la respuesta era la misma: «No preguntes, no le digas a nadie, de esto no hables afuera.» Los años 80 y 90 aún no eran tiempos de memoria plena. El miedo social persistía. Muchos sobrevivientes, como ella relata, cambiaban de celular cada tres o cuatro meses en 2014 y 2015 por temor a ser escuchados.
El quiebre llegó cuando Astrid comenzó la facultad. Una profesora de filosofía organizó una charla con Ernesto Sábato, autor del informe Nunca Más. Con la valentía silenciosa de quien lleva años guardando una pregunta, Astrid se le acercó: «¿En el informe están los nombres de todos los desaparecidos? Porque yo soy hija de desaparecidos. Sé que mi mamá se llamaba Gabriela, pero no sé el apellido. Sé que mi papá se llamaba Patiño, pero no sé su nombre.»
Sábato la escuchó, conmovido, y le dijo: «Empiece a hacer su camino.»
La foto que tardó veinte años en llegar

Astrid tenía 11 años cuando supo la verdad. Tendría más de 30 cuando vio, por primera vez, una foto de su madre. Y hasta 2014 —cuando su hija ya tenía 11 años— no pudo conseguir una imagen de su padre.
Fue una compañera de la escuela primaria de Omar Patiño, en Saldán, quien le dio el regalo que llevaba décadas esperando. Al ver a la hija de Astrid en un acto, le dijo: «Tenés los ojos de Omar.» Hace apenas dos años, el archivo de la Escuela de Bellas Artes —donde Omar estudiaba escultura— permitió recuperar una fotografía trabajada digitalmente en la que pueden verse sus rasgos: los mismos ojos claros, el mismo contorno de cara que hoy tiene su nieta.
«Son hace dos años que esperaba esa respuesta», dijo Astrid cuando lo supo.
Una historia que es miles de historias
El caso de Astrid Patiño Carabelli no es una anomalía. Es, en escala personal, lo que les ocurrió a cientos de familias argentinas. Las Abuelas de Plaza de Mayo llevan identificados hasta hoy más de 130 nietos y nietas restituidos en todo el país. Hay otros cientos que aún no saben quiénes son.
A cincuenta años del golpe, con causas judiciales aún en curso —como la megacausa cordobesa que Astrid menciona como un hito en su propia reconstrucción identitaria— y con debates sobre el negacionismo que vuelven a instalarse en la escena pública, su testimonio adquiere una vigencia que incomoda y obliga.
«Yo estoy dando esta charla porque estoy convencida de que si hablamos de lo que pasó y nos comprometemos con el Nunca Más, lo vamos a lograr», afirmó Astrid.
Su historia comenzó con una familia rota. Continúa, todavía, con la búsqueda de los pedazos.





