«América para los americanos» fue el lema que justificó más de un siglo de intervenciones estadounidenses en la región. Proclamada en 1823, la Doctrina Monroe estableció el hemisferio occidental como zona de influencia exclusiva de Washington. Ahora, con la frase «este es nuestro hemisferio», Trump parece intentar recuperar esa hegemonía perdida.
El origen: 1823 y la advertencia a Europa
La Doctrina Monroe nació el 2 de diciembre de 1823, cuando el presidente James Monroe pronunció su séptimo mensaje anual al Congreso de Estados Unidos. En un contexto histórico marcado por las independencias latinoamericanas y el temor a que las potencias europeas intentaran reconquistar las antiguas colonias españolas, Monroe estableció tres principios fundamentales que cambiarían para siempre las relaciones hemisféricas.
El primero declaraba que el continente americano ya no estaba disponible para la colonización europea. El segundo advertía que cualquier intento de las potencias europeas de extender su sistema político a América sería considerado una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. El tercero prometía que Washington no interferiría en los asuntos internos de Europa ni en sus colonias existentes en América. El mensaje era claro: Europa debía mantenerse fuera del hemisferio occidental, que Estados Unidos consideraba su zona de influencia natural.
Aunque en su momento la proclama tenía un tono defensivo y de protección para las jóvenes repúblicas americanas, con el paso de las décadas se transformó en la justificación ideológica para las intervenciones militares, políticas y económicas de Estados Unidos en América Latina. El lema «América para los americanos» se convirtió en la práctica en «América para los estadounidenses», legitimando un siglo de injerencias bajo el argumento de preservar la seguridad hemisférica.

Del papel a la práctica: un siglo de intervenciones
La aplicación real de la Doctrina Monroe comenzó décadas después de su proclamación, cuando Estados Unidos tuvo el poder militar y económico suficiente para respaldar sus palabras con hechos. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt agregó el famoso «Corolario Roosevelt», que transformó la doctrina defensiva en una herramienta intervencionista. Roosevelt declaró que Estados Unidos tenía derecho a ejercer «poder de policía internacional» en América Latina para prevenir intervenciones europeas, otorgándose el papel de guardián del orden hemisférico.
La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 marcó el debut de Estados Unidos como potencia imperial. La intervención en Cuba, que terminó con el control español sobre la isla, dejó a Washington como tutor de la política cubana a través de la Enmienda Platt, que permitía a Estados Unidos intervenir militarmente cuando lo considerara necesario. Puerto Rico y Filipinas también cayeron bajo control estadounidense como resultado de ese conflicto, consolidando el poder de Washington más allá de sus fronteras continentales.

Durante las primeras décadas del siglo XX, Centroamérica y el Caribe se convirtieron en el laboratorio de la Doctrina Monroe. Nicaragua sufrió ocupación militar estadounidense entre 1912 y 1933. Haití fue invadido en 1915 y permaneció bajo ocupación hasta 1934. República Dominicana enfrentó tropas estadounidenses entre 1916 y 1924. En cada caso, Washington justificó sus acciones como necesarias para mantener el orden, proteger inversiones estadounidenses o prevenir influencias extranjeras «peligrosas» en la región.
La construcción del Canal de Panamá ejemplificó perfectamente el espíritu de la doctrina. En 1903, Estados Unidos apoyó la secesión de Panamá de Colombia para asegurar el control sobre la futura vía interoceánica. La Zona del Canal se convirtió en territorio estadounidense en pleno corazón centroamericano, un enclave que Washington administró hasta 1999. La operación demostró que Estados Unidos estaba dispuesto a rediseñar fronteras cuando sus intereses estratégicos lo requerían.
Durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe adquirió un nuevo sentido al incorporar la lucha contra el comunismo. La invasión de Bahía de Cochinos en Cuba (1961), el apoyo a golpes militares en Brasil (1964), Chile (1973) y Argentina (1976), y las intervenciones directas en Granada (1983) y Panamá (1989) fueron justificadas como defensa del hemisferio ante la «amenaza comunista». Washington consideraba que cualquier gobierno de izquierda en América Latina era una violación a su doctrina de seguridad hemisférica.
El declive y los intentos de resurrección
El fin de la Guerra Fría y el surgimiento de gobiernos progresistas en América Latina durante la primera década del siglo XXI debilitaron la aplicación automática de la Doctrina Monroe. Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador y otros países comenzaron a cuestionar abiertamente la hegemonía estadounidense y a buscar alianzas fuera del hemisferio, particularmente con China y Rusia. La creación de organismos regionales sin participación estadounidense, como UNASUR y CELAC, representó un desafío directo al papel de Washington como árbitro hemisférico.

Durante la presidencia de Barack Obama hubo un intento de modernizar las relaciones con América Latina, abandonando el lenguaje imperial del pasado. El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba en 2015 parecía marcar el fin de la doctrina intervencionista. Sin embargo, ese proceso fue efímero. El primer gobierno de Trump ya había mostrado señales de querer revertir esa tendencia, reimponiendo sanciones a Cuba, amenazando con intervención militar en Venezuela y tratando a los países latinoamericanos como subordinados más que como socios.
Trump y el nuevo rostro de Monroe
La declaración del Departamento de Estado de que «este es nuestro hemisferio» marca el retorno explícito al lenguaje de la Doctrina Monroe después de décadas en las que Washington había evitado esa retórica abiertamente imperialista. Trump no está inventando una nueva política exterior sino resucitando principios delsiglo XIX adaptados al contexto del siglo XXI. La diferencia es que ahora lo hace sin las sutilezas diplomáticas que caracterizaron incluso las intervenciones más agresivas del pasado.
La operación militar en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro representa una aplicación directa del espíritu Monroe: un gobierno considerado hostil a los intereses estadounidenses es removido por la fuerza, sin consulta con organismos internacionales ni con los países de la región. La justificación es la misma de hace un siglo: proteger la seguridad estadounidense de amenazas en su «patio trasero». Lo que ha cambiado es que ahora se hace abiertamente, sin las coberturas de «operaciones encubiertas» o «apoyo a la oposición democrática».
Las amenazas contra Colombia reviven el derecho autoproclamado de Estados Unidos de actuar como «policía hemisférico» que Roosevelt formalizó en 1904. Cuando Trump dice que una intervención militar en Colombia «suena bien» por los niveles de narcotráfico, está aplicando exactamente la misma lógica que justificó ocupaciones militares en Nicaragua o Haití hace un siglo: un país latinoamericano tiene problemas internos que afectan a Estados Unidos, por lo tanto Washington tiene derecho a intervenir militarmente para resolverlos.
La presión sobre México para aceptar tropas estadounidenses en su territorio representa otra faceta de la doctrina: la negación de la plena soberanía de los países latinoamericanos. El argumento de Trump de que Claudia Sheinbaum «le tiene miedo a los cárteles» y que México «va a tener que hacer algo» o Estados Unidos lo hará, implica que Washington tiene autoridad superior a la del gobierno mexicano para decidir qué sucede dentro de las fronteras mexicanas. Es la misma lógica que permitió a Estados Unidos administrar la Zona del Canal en Panamá durante casi un siglo.

¿Por qué ahora? Las razones del retorno imperial
El intento de Trump de revivir la Doctrina Monroe no es casual ni puramente ideológico. Responde a cambios geopolíticos concretos que han erosionado la influencia estadounidense en América Latina. La presencia económica de China en la región, que se ha convertido en el principal socio comercial de países como Brasil, Chile y Perú, representa un desafío directo a la hegemonía que Washington consideraba garantizada. Rusia también ha aumentado su presencia militar y diplomática, particularmente en Venezuela, Cuba y Nicaragua.
El fracaso de las políticas estadounidenses en América Latina durante las últimas décadas también motiva este giro. La «guerra contra las drogas» no logró reducir el narcotráfico pero sí militarizó la región. Los intentos de cambio de régimen en Venezuela fracasaron repetidamente. Cuba mantuvo su sistema político a pesar de décadas de bloqueo. Y los gobiernos de izquierda volvieron al poder en varios países, desde México hasta Colombia, desafiando la narrativa conservadora que Washington prefiere para la región.
Trump interpreta estos desarrollos como una pérdida de control que debe ser revertida por cualquier medio necesario. Su visión transaccional de las relaciones internacionales no admite la idea de países latinoamericanos como socios iguales, sino como territorios que deben estar alineados con los intereses estadounidenses. La proclama de que «este es nuestro hemisferio» no es una metáfora diplomática sino una declaración literal de propiedad, exactamente como lo era cuando Monroe la pronunció hace dos siglos.

Las consecuencias para América Latina
El retorno de la Doctrina Monroe bajo Trump plantea serios desafíos para la soberanía y la autonomía de los países latinoamericanos. Si Estados Unidos vuelve a considerar legítimo intervenir militarmente cuando un gobierno no se ajusta a sus preferencias, ningún país de la región puede sentirse seguro. La operación en Venezuela establece un precedente peligroso: Washington puede derrocar gobiernos en América Latina y los organismos internacionales no harán nada para impedirlo.
La presión económica y militar que Estados Unidos puede ejercer sobre países individuales de la región es enorme, especialmente cuando actúa unilateralmente sin restricciones diplomáticas. México, por su frontera compartida y su integración económica con Estados Unidos a través del T-MEC, es particularmente vulnerable. Colombia, dependiente de la certificación estadounidense en materia de narcóticos y receptor de miles de millones de dólares en ayuda militar, tiene poco margen para resistir presiones de Washington.

Sin embargo, el contexto actual es diferente al de hace un siglo. América Latina tiene hoy alternativas comerciales y diplomáticas que no existían cuando Monroe proclamó su doctrina. China, la Unión Europea, India y otros actores globales ofrecen mercados y alianzas que reducen la dependencia absoluta de Estados Unidos. Los organismos regionales, aunque debilitados, proporcionan espacios de coordinación entre países latinoamericanos. Y la opinión pública internacional es menos tolerante con el intervencionismo abierto que en el pasado.
El verdadero interrogante es si los países de América Latina podrán presentar un frente unido ante la renovada agresividad estadounidense o si, como en el pasado, la fragmentación regional permitirá que Washington imponga su voluntad país por país. La respuesta a esa pregunta determinará si la Doctrina Monroe del siglo XXI será tan efectiva como lo fue en el siglo XX, o si finalmente América Latina podrá liberarse de una doctrina que nunca pidió y que ha justificado más de un siglo de subordinación.






